... if you're patient I will surprise, when you wake up i'll have come ...

13/07/09

El cuadro de Lúa (un cuento/garabato)


Lúa aprendió a pintar antes que a andar. Antes que a hablar.

Perseguía con la vista y con sus regordetas manos cualquier objeto de color que estuviera a su alcance. Su primer gran descubrimiento fue el pintalabios que mamá dejó un día olvidado sobre la mesa baja del teléfono. Probó a pintar sobre su cuerpo, en las paredes y más tarde sobre las sábanas de la cuna.

Lúa fue tranquila, solitaria e independiente. Sus familiares la consideraban una niña seria. Hasta una mañana en la que, mientras jugaba con unos botes de pintura al agua, gateando llegó hasta el espejo del armario de la habitación de sus padres, y vió su rostro reflejado en él, lleno de manchas de colores en la nariz, las cejas, el pelo y la ropa. En ese instante, rompió a reír con una enorme carcajada de niño, contagiando a la abuela, a su hermano, a su madre que llegaba de trabajar, incluso a una vecina que escuchaba por el patio.

Esa fue la primera vez que su rostro cambió de gesto y, desde ese mismo día, se convirtió en la niña más divertida y alegre que jamás nadie conoció. Creció hablando más con la mirada y los gestos que con las palabras. Escuchaba atenta todo lo que la gente tenía que contar con una sonrisa en la cara. Siempre parecía estar tomando notas de la vida, o quizá fueran bocetos que se creaban en su cabecita de artista. Porque nunca salió de casa sin un bloc de dibujo y un carboncillo. Porque siempre llevó manchas de óleos en su ropa y en la punta de sus dedos.

Estudió Bellas Artes, aprobó una oposición y se convirtió en profesora de dibujo. Ahorraba para permitirse pequeñas escapadas a la costa. Necesitaba el mar, era su inspiración. Viajaba con un pequeño caballete que conservaba desde pequeña y su caja de pinceles y óleos. Cada mañana madrugaba para ver amanecer con el rumor de las olas de fondo. Observaba, fijaba la vista en un punto concreto y de repente, como un director de orquesta que mueve su batuta en el aire, comenzaba a tocar notas de color sobre el blanco lienzo. Fue en esos amaneceres donde creó sus mejores obras.

Hasta otra mañana que marcó su vida. Esa en la descubrió que se le había quedado pequeño el mundo y se le fueron apagando las risas. A Lúa le faltaba espacio. Y con una sensación de tristeza en su semblante y el ceño fruncido salió a la calle en busca de un lugar donde retirarse, una urna donde solo ella estuviera, desde donde crear un mundo a su medida. Y lo encontró en forma de buhardilla en un barrio de artistas, con grandes ventanales que permitía que la luz del sol se colara a chorros. Tiró tabiques, apartó los muebles, pintó las paredes de colores intensos y colocó un enorme lienzo en medio de la nueva estancia, en el suelo. Como una enorme sábana, como aquellas en las que empezó a pintar.

Usando su cuerpo a modo de pincel, día a día, poco a poco, fue llenándolo de colores y formas. Era una imagen luminosa, que invitaba a volar. Azules para el cielo y el mar, blanco para la espuma de las olas, amarillos, ocres, naranjas, verdes, violetas, rojos … ni un solo tono gris.

Tardó meses en terminar su gran obra. No tenía prisa. Era sin duda su mejor creación y debía poner todos los sentidos en ella. Cuando la tuvo terminada, limpió sus manos en un paño, y dando dos pasos hacia atrás, entornó la mirada para no perder detalle.

- ¡Sí! Eso es – dijo orgullosa.

Un brillo intenso cubrió sus ojos. Lúa empezó a caminar sobre el lienzo, midiendo los pasos que daba, segura, firme. Con la certeza de saber que ahí es donde quería estar. Con la seguridad que da lo que sabemos nuestro.

Y en ese momento, como por arte de magia, su cuerpo desnudo comenzó a fundirse con el óleo aún húmedo. Los pies se le derritieron entre la arena de la playa, y sus rodillas se volvieron guijarros. Milímetro a milímetro, el cuerpo de Lúa iba tomando forma de lienzo, hasta que su larga melena se disolvió entre las olas del mar, desapareciendo para siempre, dejando la buhardilla sumida en un silencio tenso.

Fue entonces cuando se comenzó a escuchar la risa. Esa carcajada contagiosa que un día hizo que Lúa fuera consciente de su propia felicidad. Esa misma, que ahora recorría la sala rebotando en las paredes y buscando por donde escapar.

Un golpe de viento abrió el gran ventanal y cuentan los vecinos que aún recuerdan ese día, que vieron salir volando notas de colores que al contacto con el aire fresco de la calle se convertían en pájaros con forma de garabato.

Pero eso, ya es otra historia.

(...)

6 estrellas dejaron su huella ... ¿Y tú?:

Ludovico dijo...

:)

isobel dijo...

otra =0)))))), besillos

Tesa dijo...

Va a ser verdad que nos hacemos a nosotros mismos y somos nuestra mejor o peor obra.
:)

jordicine dijo...

Un beso y hasta pronto. Paso volandooo!!!

Anónimo dijo...

Las letras te acorralan, te envuelven en una sinfonía ascendente cargada de matices y ritmo. Sorprendido, muy sorprendido de la simplicidad compleja de este cuento.

Diría sin temor a equivocarme, que estas letras; son -con mucho- las mejores que pariste...hay un punto de evolución en tus maneras.

Me gusto mucho, mucho...sin falsas adulaciones, ni comentario de estomago agradecido. Se nota cuando alguien se encierra con sus pensamientos y una hoja en blanco para crear una gran obra.

Sólo queda fundirte, al igual que tu protagonista... en ese cuento...

Saludos cordiales desde un Madrid y unos gustos similares....

Camy dijo...

Felicidades, felicidades muy sinceras.

Lúa descubrió su propia imagen en el espejo y se aceptó tal y cómo era.Y así aceptándose contagió la alegría a quienes quisieran con ella compartir.
Descubrió que había algo más y siguió sin dudar su camino y con ese mismo espíritu de verdad, sin importarle nada ni nadie,nimiedades terrenas o envidias constante, siguió siendo ella que era todo, arena, agua, luz, risas...